Proponen nombrar Alfredo Rustrián Azamar a nuevo hospital en Tláhuac

Tomado de jornada

Iván Restrepo

En carta enviada recientemente al presidente Andrés Manuel López Obrador, un grupo de profesionistas de la salud le solicitaron que el hospital del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (Issste) por inaugurarse en la alcaldía Tláhuac lleve el nombre del doctor Alfredo Rustrián Azamar. Se trata de una petición más que justificada. Nacido en Tuxtepec, Oaxaca, en 1937, fue maestro en la Facultad de Medicina de la UNAM y ejerció su profesión en diversos hospitales de la Ciudad de México. Pero quizás su rasgo más sobresaliente fue ser un lúcido dirigente del movimiento que en 1964 y 1965 luchó por mejoras sustanciales entre los jóvenes médicos residentes e internos que trabajaban en los hospitales del país.

Ellos contaron con el apoyo de colegas con años de experiencia y que veían más que justas esas peticiones, como Norberto Treviño Zapata. Aunque no faltaron los críticos dentro del gremio, pues desafiaba el statu quo reinante, donde nada se hacía sin la venia presidencial. Pocos años antes, el gobierno había acabado violentamente con las huelgas de los trabajadores ferrocarrileros y los maestros. Sus dirigentes sufrieron años de cárcel, acusados falsamente de numerosos delitos.

Sin proponérselo, el movimiento, también llamado de las batas blancas por la indumentaria que portaban sus integrantes, fue el preludio del que en 1968 demostró la intolerancia y la obsolescencia del régimen político vigente. Todo comenzó el 26 de noviembre de 1964, cuando un grupo de jóvenes médicos del Hospital 20 de Noviembre fue cesado por pedir que les pagaran el aguinaldo al que tenían derecho. En busca de apoyo, visitaron a sus colegas del Hospital Balbuena. En pocas semanas, la solidaridad se extendió a más de 25 mil profesionistas de la Ciudad de México y el país que decidieron entrar en huelga.

A la exigencia del aguinaldo se sumaron otras peticiones. Por ejemplo, mejorar las condiciones laborales, que dejaban mucho qué desear, y participar en la elaboración de los planes de enseñanza de las escuelas de medicina. Acostumbrado el gobierno a impedir cualquier protesta, el de las batas blancas despertó la simpatía de la población, pues esos jóvenes profesionistas y los maestros que los apoyaban eran los que los atendían en hospitales y centros de salud. También tuvo discreto apoyo de galenos que ocupaban cargos públicos.

Ese movimiento fue el primer desafío sindical que tuvo el presidente Gustavo Díaz Ordaz. Rustrián participó activamente en las reuniones que tuvieron con el mandatario en Palacio Nacional para solucionar el conflicto. Aunque inicialmente éste se mostró dispuesto a resolver las peticiones de los médicos, pronto cambió de parecer. Los aparatos represores del Estado entraron en acción, vía la temible Dirección Federal de Seguridad. Infiltró provocadores, informantes, amenazó a los líderes del movimiento.

Una manifestación en la que los médicos iban todos de blanco fue agredida a tomatazos en la avenida Juárez por personas enviadas por las autoridades. Jacobo Zabludowsky los criticó severamente. Los columnistas a sueldo del régimen, con honrosas excepciones los acusaron de estar al servicio de Moscú y ser «enemigos de México». El eminente neumólogo Ismael Cossío Villegas no aceptó la orden de cesar a los paristas que laboraban en el hospital a su cargo. Renunció por medio de una carta que intentaron dar a conocer, previo pago, en el diario Excélsior. Su director recibió la orden de no publicarla.

De la Cruz Roja y varios hospitales fueron cesados centenares de médicos. 780 de ellos engrosaron una lista negra que les impidió trabajar varios años en el sector público de salud y en los hospitales privados. Sin embargo, el movimiento logró, por la vía pacífica, sin desatender el servicio a la población, mejoras laborales y profesionales.

Alfredo Rustrián y sus compañeros de lucha (Bernardo Castro Villagrán, Irene Talamaz, Octavio Rivas, Alejandro Prado Abarca y muchos más) siguieron trabajando en pro de una medicina al servicio de la población, en especial la más desprotegida. Darle al nuevo hospital del Issste en Tláhuac el nombre del médico y luchador social es honrar a un gremio que merece todo nuestro respeto. Las demandas que hacían los integrantes de las batas blancas siguen vigentes. Así lo confirman los severos problemas que enfrentan el sector salud por el Covid-19.

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