El exterminio de México

La Revolución Mexicana constituye un legado de tal magnitud que es objeto de estudio en países lejanos, quienes consideran nuestra gesta como un referente en la historia reciente. La Constitución, nuestro gran pacto social, es un instrumento incomparable orientado a garantizar el desarrollo justo y equitativo de la gran Nación mexicana. Sin embargo, esta gran herencia surgida de la sangre de millones de mujeres y hombres prácticamente quedó en un cuerpo teórico de estudio y de manipulación de la conciencia colectiva para alinear a nuestro pueblo con políticas definidas para favorecer a la oligarquía ya una clase política corrupta que, a la postre, se distinguió como el principal resultado de nuestra gesta heroica. Con la excepción de un breve periodo del mandato cardenista, todas las decisiones impuestas por el grupo en el poder han resultado lesivas a las clases proletarias creadoras de la riqueza y altamente benéficas para una oligarquía apátrida e improductiva. Si bien, gracias a la decidida lucha de las clases populares, se lograron avances importantes en materia de educación y hasta en el plano económico durante un tiempo en el cual se habló del “milagro mexicano”, la realidad es que prácticamente desde el triunfo de la Revolución y la redacción de nuestra Carta Magna, los políticos se han dedicado a traicionar las causas del pueblo, buscando siempre escalar, mediante el peculado, la extorsión y otras prácticas delictivas, hasta la cúpula de la pirámide social, donde son bien recibidos por los oligarcas que ven en ellos a sus principales y fieles sirvientes y aliados.

Desde hace más de treinta años, sin embargo, este comportamiento alineado con los intereses de los altos círculos del poder, ha elegido un nuevo y aún más lesivo objetivo: las grandes cúpulas del poder mundial. Esto significó la imposición de un modelo económico lejano a los intereses de México y que ha demostrado claramente resultar profundamente lesivo para la economía de los países que lo han adoptado. Esto ha derivado en que en algunos de esos países se diera marcha atrás en la implantación de dicho modelo, sea buscando un modelo capitalista menos agresivo, como puede ser el caso argentino, o bien buscando construir un camino de transición hacia un modelo socialista, como se pretende en el caso de la Revolución Bolivariana. En México, no obstante, se insiste en ese modelo y se desmantela lo poco que queda del México “independiente y soberano”, a cambio de participaciones accionarias en las empresas trasnacionales que se hacen con los bienes de la Nación.

Respaldados en un modelo de falsa democracia, construido muy a modo en los años previos a la transición al modelo neoliberal y como parte integral de dicho modelo, pero vendido en los medios de manipulación de masas como un gran logro de los luchadores sociales (de los que se vendieron, pues los que no sumaron a las cifras de muertos y desaparecido) y llamada la “apertura democrática, para encumbrar a un tirano y genocida como un gran reformador, nuevos y viejos grupos de poder se reparten presupuestos ofensivos a la inteligencia, en un juego perverso donde el único ganador es el gran capital internacional y el perdedor es el pueblo. Quienes han hecho de esta falacia una forma de vida, se disfrazan de opositores al sistema, pero cobran de él. A cambio, se encargan de distraer la voluntad de acción del pueblo en conflictos triviales de carácter electoral, donde, además, son siempre ellos quienes definen a los candidatos, eternamente reciclados tras transitar por varios partidos y puestos de “elección popular”.

Pero en los años recientes ha crecido la conciencia de lo fútil de esta democracia neoliberal y la necesidad de construir nuevas formas de organización social y política ajenas a esos falsos profetas y supuestos representantes populares. Esto ha inquietado profundamente a los dueños del dinero, que han ordenado a sus gerentes regionales, conocidos como presidentes, cambiar la estrategia y hacer uso de los cuerpos de seguridad y las fuerzas armadas, las cuales han olvidado que son depositarias de las armas del pueblo y han dirigido éstas contra quienes debieran defender. Tras una gradual (a veces no tanto) militarización del país, anticipadamente anunciada por algunos luchadores e intelectuales comprometidos (véase, por ejemplo, el intercambio epistolar entre los hoy finados S.I. Marcos y Don Luis Villoro) se ha impuesto una campaña de limpieza poblacional por medio de los diversos grupos que actúan para el grupo en el poder: paramilitares y narcos, policías municipales, estatales y federal, ejército y marina, contando además con una cobertura mediática que disfraza de lucha contra el narco esta campaña genocida, hace ver a las víctimas de los ataques de las fuerzas del Estado como delincuentes y a éstos los deja completamente impunes, salvo cuando consideran necesario un golpe mediático impactante y entonces sacrifican, temporalmente, a alguno de los capos famosos, o, como en el reciente caso de Tanhuato, a un grupo de escoltas de uno de esos grupos que asolaba (asola aún) a los habitantes de algunos pueblos de esa región, cuidando, eso sí, que se tratara tan solo de algunos de los integrantes de menor ralea, pues hasta entre los narcos hay niveles, pues. En este caso, los sacrificados han servido para dejar un mensaje de advertencia a quienes osen contravenir los deseos de los poderosos, mostrando una saña inaudita, aprendida en los cursos de especialización dictados por los “aliados” del norte. Claro que el crimen de estado no se debió a que fueran un grupo delictivo, sino a que se hubieran atrevido a mostrar las debilidades de un ejército que ya no sabe ni a quién sirve.

Debemos tener muy claro que somos presas de una táctica de terrorismo de estado que actúa de manera creciente, como puede apreciarse al mirar la creciente frecuencia con que se cometen las masacres. En efecto, tras el levantamiento de las comunidades zapatistas se implantó una campaña de contrainsurgencia que derivó en la masacre de Acteal, cuyo responsable principal ha sido premiado con la conducción de la educación de este país. Luego se dieron algunas otras masacres, como la del Bosque, la de El Chorro o la de Aguas Blancas. Sin embargo, los crímenes de estado se mantuvieron en un bajo perfil, en general. Sin embargo, ahora vemos la casi coincidencia de la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa y el asesinato de algunos de ellos y de otros infortunados civiles, la masacre de Tlatlaya, la de Apatzingán, la de los narcos en Tanhuato, o la reciente de Tamazula, donde la Marina atacó a jóvenes y niños campesinos para fabricar culpables y exonerar así a los verdaderos criminales que actúan en la región (y a los cuales ellos apoyan). Hay que sumar los asesinatos selectivos de luchadores sociales como han sido algunos maestros y, específicamente, el asesinato selectivo de Antonio Vivar Díaz, así como los muy numerosos crímenes del sujeto que despacha como gobernador de Puebla, o los desaparecidos, asesinados o presos políticos atribuibles al “izquierdista” miguel angel mancera (con minúsculas y sin acento, como su valor moral), ya desde su época de titular de la procuraduría capitalina.

Ante tan desolador panorama, la partidocracia y sus defensores a ultranza, entre los cuales seguramente los hay de buena fé, se volvieron cómplices al avalar un nuevo simulacro democrático que garantizó la continuidad de los grupos de la delincuencia organizada al frente de gobiernos regionales, como es el caso de Guerrero, estado donde se pretendía construir la autonomía de varios municipios. Sin duda alguna, los falsos profetas tienen mucho qué ver en este caso, pues antepusieron sus intereses económico-políticos a los del pueblo guerrerense.

¿Qué nos queda? Lo primero es quitarnos la venda de los ojos y dejar de creer que lo que nos venden como la democracia mexicana lo es en forma alguna. Por fortuna, contamos con alternativas que hoy son ya una realidad y que sirven de ejemplo, mal ejemplo desde la perspectiva de la oligarquía, de construcción de autonomía y de una verdadera democracia, donde TODOS deciden por el bien común y donde es el pueblo quien gobierna y el gobierno quien obedece. Las comunidades zapatistas y los comuneros de Cherán son quizá los más maduros. Si bien cada comunidad deberá encontrar sus propias formas, de acuerdo con sus condiciones reales, estos ejemplos nos dejan ver que sí es posible construir otras formas de organización más justas y sin clases opresoras. En cuanto al valor legal de tales formas de organización, debemos recordar que el Artículo 3º Constitucional, en su párrafo II a), establece que el criterio que rija la educación:

“a) Será democrático, considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo; …”

Con lo que establece los requisitos mínimos que debe cumplir la democracia mexicana y que el sistema de partidos cada vez está más lejos de satisfacer.

Además, en el Artículo 39 se sentencia que “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.”

Así pues, nuestro marco jurídico nos habilita para poner en práctica otras formas de organización social y política, lo cual, por lo demás, resulta urgente en las actuales circunstancias.

Es preciso cobrar conciencia de lo imperativo de estos cambios, pues estamos al borde de una crisis energética y civilizatoria que podría derivar en la desaparición de la vida en el planeta y, en primera instancia, la desaparición de México como nación independiente y soberana y, con ello, de todas las culturas que conforman nuestro polícromo tejido social. Hoy es urgente asumir nuestra responsabilidad y no delegarla ya en quienes no nos representan y solo nos desmovilizan y dividen en colores. Nuestra diversidad no nos separa, nos une y fortalece. No necesitamos a una clase parasitaria que solo se encarga de garantizar beneficios al Gran Capital.

¡Paremos ya el exterminio de nuestros pueblos, la destrucción de nuestros ecosistemas y el saqueo de nuestros bienes!

Porque somos más, porque somos vida, porque somos mexicanos, mexicanos dignos, mexicanos informados, mexicanos unidos.

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